Mi MAESTRO

 A Pablo Utrera Cardeñas, de su alumno de Arroyoverde.

 


Se ve que me voy haciendo mayor. El otro día estaba viendo la película Los chicos del coro, y empezaron a humedecérseme los ojos. Me venía de golpe un montón de recuerdos, acordándome de mi querida SAFA.
Recuerdo el primer día que entré en la Safa, entraba por la puerta principal con un gran maletón ‑eso me parecía a mí‑, y la gran incertidumbre que genera todo lo nuevo.
Me encontré con un paisano que estaba terminando magisterio y se brindó gentilmente, acompañando a mis padres y a mí hasta los dormitorios de la escuela. Llegamos a una gran sala en donde se alineaban las camas de forma matemática. Mi paisano, mientras me ayudaba a hacer la cama, me dio algunos consejos que mantuve durante todo el tiempo que duró mi internado.

‑Las mantas había que ponerlas dobles y cruzadas ‑me dijo‑; que la calefacción a veces falla.
En Úbeda, en invierno, solía hacer un frío que fabricaba unos hermosos sabañones en las orejas. Pasados unos días, comprendí por qué fallaba la calefacción. En realidad no fallaba: lo que ocurría es que no existía. Con el paso del tiempo, aprendías a hacer un “socavón” en el colchón, que era de viruta de corcho; allí te metías y, con la cara fría, esperabas la llegada de Morfeo. Y digo con la cara fría porque era imposible taparte la cara con las mantas ya que, previamente, para “calentar” el interior, se te habían ido un par de ventosidades que te impedían ocultarte la cara y sobre todo las narices.
A la mañana siguiente y a golpe de silbato nos levantaban, y a toda prisa había que asearse y hacer la cama. Después venía la revisión y la cama “chapucera”, terminaba con las sábanas por los suelos y había que volver hacerla, pero esta vez BIEN.
Los siguientes pasos se dirigían a la iglesia y al desayuno. Cumplidos todos estos tramites, nos organizaron por cursos. Yo entraba en primero de Preaprendizaje con otros diez internos más.
Fuimos a las clases, que estaban junto a los talleres, en la parte de abajo de la Safa. Nos presentamos y allí decidieron hacernos unos exámenes para clasificarnos por grupos.
Nada más llegar, me tocó con un maestro que era el más joven de los tres posibles candidatos a darme clase. Llevaba el grupo B y lo que recuerdo es que era de Torreperogil: un maestro muy agradable que me gastó alguna broma por el hecho de ser yo de Sabiote.
Bien; nos hicieron los exámenes y me cambiaron de aula. Pasé al grupo A, a la clase de un señor mayor, o por lo menos así me parecía a mí, con la perspectiva de mis once años.
Este maestro tenía gafas gruesas y portaba una extraordinaria pipa que alimentaba cuidadosamente. Tenía el aspecto de un sabio distraído. Según paseaba, se paraba para subirse los pantalones que se les caían.
Era una persona amable, cariñosa y, cuando se enfadaba, sacaba a relucir un genio que a mí me parecía forzado.
Muchos ya habrán adivinado que el maestro al que me refiero se llamaba don Doroteo Ocaña.
Don Doroteo no dejaba de impresionarme. Era un MAESTRO que disfrutaba impartiendo sus clases: estaba orgulloso de sus alumnos. Le encantaba presumir de sus clases de Gramática e incluso nos estaba preparando para dar una clase magistral en el escenario del Salón de Actos.
Era un hombre apasionado, que volcaba su vida enseñando a sus alumnos.
Debo confesar que don Doroteo me dejó perplejo. Yo venía de una escuela de pueblo, en la que el maestro llevaba a rajatabla aquello, de que, “la letra con sangre entra”. Era un maestro que se tiraba las horas repasando la lista de quién había pagado las permanencias y quién no. Había que saberse los verbos y si no, pues eso, utilizaba la “leña”. Para mí, el cambio fue tan brutal, que no pasó un mes, cuando ya estaba aconsejando a mi padre para que cambiara de maestro a mi hermano menor, que seguía recibiendo leña de mi anterior “cuidador”. (Por respeto, a la palabra maestro la he cambiado). Lo conseguí: mi hermano empezó a recibir clases de un maestro como Dios manda.
Don Doroteo pasó a ser mi segundo padre; pero no solamente fue un padre para mí, sino que también lo era para los demás compañeros.
Tenía una mano izquierda increíble. Él la disfrazaba con un poco de despiste y le salía redondo.
A veces, cuando se ausentaba de la clase, los zapatos volaban y utilizábamos la tapa del pupitre de escudo. La armábamos bien gorda. Cuando se acercaba, don Doroteo se dejaba notar para no pillarnos in fraganti.
Después nos decía.
‑Parece que en esta clase había mucho ruido.
Y claro, cada uno con los zapatos del vecino le decíamos:
‑Don Doroteo, ¿no serán imaginaciones suyas?
Como dije antes, en Úbeda, en invierno suele hacer un frío que “pela”. Pues bien, dado que no teníamos calefacción, un día apareció don Doroteo exultante. ¡Había encontrado la solución a nuestros males! Se puso a seleccionar a los compañeros con la apariencia más fuerte y se los llevó.
Los demás nos quedamos atónitos. “¿Qué se le habrá ocurrido a don Doroteo?”.
Al cabo de media hora, aparece uno de nuestros robustos compañeros portando al hombro un tubo de unos veinte centímetros de diámetro por un metro de largo; después aparece otro, y otro, y por fin aparece don Doroteo con otros dos alumnos, llevando en volandas un hornillo de leña, que se utilizaba en tiempos de Maricastaña, como calefacción en las casas.
Bien… todos contentos: aquello iba a remediar nuestros males. Íbamos a estudiar calentitos.
Manos a la obra, el hornillo se coloca cerca de la ventana y de la mesa de don Doroteo. Se le enchufa el primer tubo, el segundo y el tercero a la calle. Ya estaba todo en su lugar.
El hornillo de leña hay que encenderlo con sabiduría. Primero, se ponen unos papeles, encima un poco de ramas y ya. Arriba del todo, unos troncos pequeños.
Llega el momento de encenderlo. Tiene el privilegio de tan solemne acto nuestro querido maestro. Le prende fuego y aquello empieza a funcionar. El humo tenía una mala leche especial: en vez de salir a la calle, se quedó a hacernos compañía. Había que entenderlo: en la calle hacía mucho frío.
Al cabo del rato, don Doroteo y su hornillo habían reinventado el juego del escondite, con la ventaja de no necesitar moverte de tu pupitre. Era tal la humareda, que no se veía al compañero de al lado y no quiero decir a don Doroteo. Don Doroteo, había desaparecido.
Se abrieron todas las ventanas y al cabo de un rato consiguió que aquello empezara a funcionar “redondo”.
Don Doroteo era así: una persona sensible, vitalista y con una tremenda HUMANIDAD. Por ello, conseguía todo nuestro respeto y admiración.
***
P. S. Querido don Doroteo. Sé que este escrito no merece tu aprobado. Ya sabes, me cambié a la parte técnica y aquí cuenta menos el subordinado, la conjunción o el adjetivo. Tampoco es tan importante la sintaxis de las frases, la posición del verbo etc. Es decir, todo aquello que con tanto cariño me enseñaste y que de no ejercitarlo, se me ha olvidado.
Lo que sí cuenta para un técnico que escribe es que se comprenda y entienda la finalidad de lo que escribe.
Don Doroteo, no importa que me suspendas con tal que TÚ entiendas, que yo, tu alumno, quiere darte como MAESTRO una
MATRÍCULA DE HONOR
BRINDIS. Quiero brindar, a la memoria de los MAESTROS que no solo dejan huella en nuestros recuerdos, sino que van más allá y la huella la dejan en nuestra ALMA.
Levanto mi copa y brindo por
don DOROTEO OCAÑA y don ISAAC MELGOSA.
 

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