Un flexo de ¿sonrisa irónica?

En aquel internado, cada curso tenía su responsable o inspector. Si no recuerdo mal, a mi promoción, durante los tres años que duró la oficialía, tuvo como inspector al hermano Serrano. Cuánta paciencia derrochó nuestro inspector con aquel curso de “comanches semisalvajes”.


La edad promedio, de aquellos tres cursos de oficialía, estaban entre los 13 y 15 años. Una edad complicada en la que yo supe, observando a nuestro inspector, que mi vocación no era la de domesticar “salvajes”.
En mi habitación del internado estábamos cuatro compañeros. ¡Cuántas broncas nos echó nuestro querido inspector! Le llevaban los diablos cuando nos veía metidos en la cama, mientras los demás estaban trabajando, preparando los exámenes. Y es que, en aquellos fríos días de invierno, a los de nuestro cuarto nos gustaba hacer nuestras charlas y estudios dentro de la cama. El frío, de esta manera, era mucho más llevadero. Sí… nosotros cambiamos la sobremesa por la “sobrecama”.
Desde la cama, cada uno contaba sus anécdotas. Jódar, que era de Canena, nos contaba lo guapas que eran las chicas de su pueblo. Era el más ligón de los cuatro. A los demás, que estábamos en el dique seco, se nos caía la babilla imaginándonos la situación. Mora, que era de Villanueva del Arzobispo, nos contaba cómo su abuelo, que vendía huevos en el mercado de su pueblo, tenía fama por vender los huevos diciendo: «Tengo los huevos más hermosos de Villanueva del Arzobispo».
Así transcurrían los fríos días de invierno: nosotros haciendo “sobrecama” y el hermano Serrano echándonos la bronca.
Un día, de haber podido, nos abría arrojado por la ventana. Fue cuando, después de diez minutos de enfado, se dio cuenta de que, aquel “vago” que dormía con los ojos semiabiertos, no sólo estaba en la cama sino que ya llevaba bastante tiempo disfrutando de un sueño profundo.
En aquel cuarto nos hicimos unos “profesionales” de la “buena” vida. Fuimos precursores del mando a distancia, y es que, para no tener que salir de la cama, lo teníamos todo “automatizado” con cuerdas. Una cuerda abría la ventana y otra la cerraba. La luz del flexo se encendía y apagaba con sendas cuerdas…
¡Ah!, el flexo. Aquel viejo y destartalado flexo que, además de las cuerdas de encendido y apagado, tenía otra cuerda atada al “cuello” para corregir la altura de su “cabeza”, la cual, era incapaz de mantenerla erguida. Aquel flexo tenía una característica muy importante, que ningún otro flexo de la Safa tenía. Aquel flexo seguía luciendo, cuando el hermano Serrano apagaba la luz general de los dormitorios. Parece de ciencia-ficción; pero os aseguro que aquel flexo, de sonrisa irónica, seguía alumbrando su pupitre como si el alumbrado general no tuviera nada que ver con él.
El hermano Serrano ya le había echado el ojo a aquella característica de nuestro “endiablado” flexo. Un día, amablemente, nos dijo: «Cuando yo apague la luz general, quiero ver todas las luces apagadas, incluida la luz de este flexo».
Una noche se armó un gran jaleo, por lo que nuestro querido inspector se cogió otro gran enfado. Hasta las narices estaba de aquel grupo de inquietos chavales. Y… ocurrió lo que tenía que ocurrir. Apagó la luz general para que todos se acostaran y lo dejaran, de una puñetera vez, tranquilo.
Como iba siendo normal, nuestro flexo, de sonrisa irónica, siguió luciendo. El hermano Serrano llegó a nuestro cuarto echando chispas.
—¿Qué hace ese flexo luciendo? ¿No os he dicho que no lo quiero ver luciendo, cuando yo apague la luz general?
En aquella noche, especialmente oscura, cuya única luz era la del flexo, nuestro inspector se fue hacia él, como alma que lleva al diablo. Y… mira que se lo dijimos: «¡Hermano, no le toque los cables al flexo, que no lo conoce!». Creo que aquella advertencia enfureció mucho más a nuestro inspector y… le toco los cables al flexo. En esa noche oscura, se originó un cortocircuito que iluminó, como si de un rayo se tratara, toda la habitación. De golpe, no se veía nada; sólo se oía, alejarse rápidamente, una voz que decía:
—¡Mañana no quiero ver, ni en pintura, ese flexo!
Es curioso: nunca se le ocurrió, a nuestro inspector, preguntar cómo era posible que luciera aquel flexo. Se quedó sin saberlo. ¡Con lo ingenioso que era aquel sistema!
¿Alguien conoce el paradero del hermano Serrano? Me gustaría hablar con él.
pepearandag@gmail.com

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