Reflexiones en torno a “volver al Colegio” o acerca de la recóndita necesidad de “volver a casa”

José María Ruiz Vargas
José María Ruiz Vargas
(Magisterio – Promoción 1958/1966)
(Una primera versión de estas “Reflexiones” fue presentada en la Reunión de AA. AA. de Magisterio celebrada en la SAFA en Septiembre de 2002 y publicada, posteriormente, en la revista Tanteos. Época III en Diciembre del mismo año)
Voy a empezar revelándoos un pequeño secreto: cada vez que decido escribir algo sobre mi estancia en “nuestro” internado de Úbeda (pequeños relatos que nunca ven la luz), lo primero que hago es poner música de aquellos años (en este momento, en el CD de mi ordenador cantan Los Sirex, y después le seguirán Los Mustang, Los Brincos, Los Teen Tops… Lanzo un pequeño guiño a Manolo Valenzuela, Miguel Laserna, Juan Bote, Juan Herrera, José María Berzosa, Javier…, y un recuerdo muy sentido a Santos Ortega y Manolo Gordillo ya desaparecidos, compañeros todos ellos del Conjunto SAFA en distintos años). Estaréis de acuerdo conmigo en que hay pocas claves de recuperación de recuerdos tan potentes como las canciones que forman parte de “nuestra época” (los olores serían comparables en eficacia a las claves musicales). Reconozco que esto es jugar con ventaja, pero, bueno, ello forma parte de lo que yo llamo “hacer trampas legítimas”. Una última confesión antes de entrar en materia: a veces, esta música me evoca tantísimos y tan intensos recuerdos que la previsible ayuda inicial acaba convirtiéndose en un elemento perturbador (inundado por tantas emociones soy incapaz de escribir algo coherente). En este preciso instante suena “Que se mueran los feos”… Trago saliva y me asalta la duda de si resistiré todo el disco. Seguiremos informando.

Mi promoción salió definitivamente de Úbeda el verano de 1966. Desde entonces, creo que nos hemos reunido cuatro veces: la primera, en abril de 1984; la última, en abril de 2001. Nunca he faltado a ninguna de las citas concertadas y pienso seguir acudiendo cada vez que decidamos vernos. Ahora, en septiembre de 2002, se va a producir otro encuentro en Úbeda al que se me ha invitado y, naturalmente, he confirmado mi asistencia y mi participación. En esta ocasión, sin embargo, no se trata de otra reunión de la promoción, sino de algo que, en principio, parece más importante o más trascendente, no lo sé muy bien. Lo que sí está claro es que se trata de algo diferente a lo anterior: Dionisio ha conseguido convocar a antiguos alumnos de seis promociones distintas y a algunos profesores (este Dioni sigue tan seductor como siempre), y, por primera vez, seguiremos un programa en el que se ha reservado un tiempo para que algunos expongan las ideas que consideren oportuno sobre nuestra vida en el internado, con el fin de reflexionar, siquiera brevemente, sobre aquel período crítico de nuestras vidas. A mí se me ha ocurrido plantear y analizar dos preguntas que entiendo resultan básicas para entender nuestra relación con la SAFA tras la terminación de nuestros estudios. En concreto, quiero abordar (porque necesito encontrar respuestas) estas dos cuestiones: (1) Por qué venimos al Colegio cada vez que nos lo proponen, y (2) Para qué venimos. Estas dos cuestiones incluyen diversas preguntas. Veamos:
¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué siempre estamos dispuestos (deseosos, diría yo) a venir a Úbeda, al Colegio, a “nuestro Colegio”? ¿Por qué cada vez que nos proponen o nos insinúan la posibilidad de “un nuevo encuentro” en Úbeda nos vemos impelidos, lanzados, como el resorte que se libera, a decir “Sí, claro, por supuesto, ¿cuándo?”?
¿Para qué estamos aquí? ¿Qué buscamos, consciente o inconscientemente, cada vez que venimos al Colegio –porque tiene que haber algo que lo explique–, con independencia de los años que hayan pasado desde que acabamos nuestros estudios y con independencia de la edad que tengamos? (Resulta sorprendente comprobar que mis/nuestros deseos de volver al Colegio, en lugar de disminuir con los años y con la edad, parecen ir en aumento).
[Los Sirex continúan cantando y me dicen ahora que si tuviesen una escoba “cuántas cosas barrerían”; y yo también las barrería, pero tanto cosas de hoy como muchas cosas de aquel largo y lejano ayer]. Pero, no nos distraigamos y profundicemos un poco en las preguntas planteadas.
¿Por qué estamos aquí?
En mi opinión, estamos aquí porque lo necesitamos. Tenemos que venir, necesitamos volver a “nuestro Colegio”, una, otra y otra, y muchas veces más, porque necesitamos reconstruir nuestro pasado a través de nuestro actual modelo de mundo: desde los ojos adultos de hoy, cada uno de nosotros busca en esta Casa quién fue aquel niño de ayer. Y así estoy contestando la segunda pregunta:
¿Para qué estamos aquí?
Estamos aquí, como acabo se señalar, para reconstruir el pasado. Porque, somos memoria. Cada persona consiste en su memoria. Cada uno de nosotros consiste en su memoria. Somos lo que somos gracias a nuestra memoria. Sobre la base de la memoria, es decir, sobre la base de la experiencia acumulada (que no es otra cosa que la vida), se construye la propia identidad: el sentido del yo. Un Yo que es poseedor y portador de una historia, de una biografía, de una vida y, en consecuencia, un Yo que sabe que es una persona. Por tanto, somos personas en tanto en cuanto sabemos quiénes somos, cuál es nuestro pasado o de dónde venimos, y a dónde nos dirigimos con nuestros planes y propósitos.
Todos los seres humanos tenemos la necesidad vital de construir una historia autobiográfica, una narración interna continua y sin fisuras sobre la que apoyar nuestra vida o, mejor, sobre la que apoyar lo que da sentido a nuestra vida, es decir, nuestra identidad.
Aquí, en “nuestro Colegio”, en nuestro amado-y-odiado internado de Úbeda (en lo más recóndito de mi alma, siempre mantuve con el Colegio –como no podía ser de otra manera– una relación ambivalente de amor/odio), vivimos unas experiencias tan intensas, tan prolongadas, tan definidoras de nuestra identidad, que en ellas se encuentran necesariamente las claves que resultan esenciales para entender nuestra vida actual, para entender nuestro presente. Sin el recuerdo de aquellos años, resulta muy difícil (si no imposible) conocernos a nosotros mismos, saber quiénes somos realmente. Por eso necesitamos venir al “Colegio”. Por eso venimos. Para eso nos reunimos siempre que podemos, siempre que nos llaman, una y otra vez: para buscarnos, para reencontrarnos, para enfrentarnos cara a cara con lo que fuimos y con lo que somos, con lo que queríamos conseguir y con lo que hemos conseguido. Por eso, yo pienso que volver a encontrarnos aquí es una necesidad vital.
He dicho “venimos” y no he dicho “vengo”, y quiero recalcar ese plural para introducir la última idea que me parece fundamental destacar: venir “al Colegio” para satisfacer esa necesidad vital tiene que ser una actividad grupal, no una actividad solitaria. ¿Por qué?
Porque nuestra memoria de aquellos años es sobre todo una memoria colectiva, una memoria compartida con muchas personas: compartida íntima y profundamente con nuestros grandes amigos, compartida también (aunque con cargas emocionales más ligeras) con nuestros compañeros de curso, con nuestros compañeros de división; compartida igualmente con los de otros cursos y divisiones superiores e inferiores, porque todos éramos materia del mismo proyecto educativo y social; compartida, cómo no, con nuestros educadores; compartida, en fin, con todo el personal de servicios, porque todos, absolutamente todos, éramos pasajeros del mismo barco.
¿Habéis caído en la cuenta de la enorme cantidad de personas de entonces que pueblan cada una de vuestras memorias, y de que todos esos inquilinos van a estar ahí, formando parte de vuestro tesoro más íntimo, toda la vida? En mi opinión, la frase tan oída “formas parte de mí”, creo que donde se hace auténtica realidad, donde deja de ser una metáfora para convertirse en una realidad trascendental, es en casos como el nuestro, es en el caso de todos los que vivimos la “experiencia SAFA”: vosotros y muchísimas personas más “formáis parte de mí”, sois elementos constitutivos y constituyentes de mí, como yo lo soy de muchos de vosotros.
Realmente, son muy escasos los recuerdos que yo puedo recuperar de aquellos años en los que sea yo el único personaje de la historia; al contrario, casi todos los escenarios que puedo evocar están siempre compartidos con otros. A mí me parece que esta realidad mental interactiva –que tiene su origen en experiencias cotidianas de nuestro pasado compartido– ha tenido, tiene y seguirá teniendo una importancia y un peso extraordinarios en nuestras vidas, en nuestra biografía y, consecuentemente, en nuestro modo de ser, en nuestras acciones, en quiénes somos y cómo somos. De ahí la necesidad de revitalizarla de cuando en cuando.
Somos memoria, y por eso somos entes continuos a lo largo del período de tiempo que llamamos “nuestra vida”. Una vida cuyos referentes autobiográficos pasan ineludiblemente por nuestro período en “el Colegio”. Un período que resultó tan decisivo en la configuración de nuestras personalidades, que en los recuerdos colectivos y compartidos de entonces se encuentran las señas de identidad que dan sentido a una parte decisiva de nuestro pasado, que nos permiten interpretar el presente y que juegan un papel clave (aunque no nos percatemos siempre de ello) en la planificación de nuestro futuro.
Venimos a Úbeda y volvemos a nuestro Colegio, queridos compañeros de fatigas, porque lo necesitamos… ¡y, naturalmente, porque queremos! Al fin y al cabo, creo que es justo y necesario volver a “nuestro Colegio de Úbeda” para dejar constancia de la necesidad ancestral de todo hombre de volver a sus raíces, de la necesidad emocional de todo ser humano de volver a entrar en su casa.
José María Ruiz Vargas es catedrático de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid.

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