EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)

Una historia vivida y narrada en primera persona

A Manolo Gordillo y a Santos Ortega, In Memoriam

Los orígenes

Mi memoria me lleva a una tarde soleada del otoño de 1963. Los alumnos de la Segunda División nos encontramos en la sala de estudio a punto de salir al recreo de la tarde, el más largo, el que nos permite hacer montones de cosas, desde merendar a jugar partidos completos de fútbol, de balonvolea (todavía no se decía voleibol), de baloncesto o, más emocionante (y arriesgado) todavía, fumarnos un cigarrillo a escondidas por alguno de los infinitos rincones de nuestro territorio. Pero aún faltan unos minutos para las 6. El estudio no ha terminado todavía. Todo el edificio de Magisterio continúa envuelto en un silencio absoluto (podría decir “sepulcral”, pero no me gusta esa palabra). De repente, unos potentes acordes de guitarra eléctrica desgarran con violencia el manto casi sagrado de quietud que nos envuelve a todos y a todo. Como resortes, nuestras cabezas se levantan y con ojos de sorpresa nos miramos. Nadie dice nada, está terminantemente prohibido hablar, pero en nuestro interior saltan numerosas preguntas: ¡¿lo que suena es una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién tiene en el Colegio una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién la está tocando?! La guitarra no deja de sonar y sus acordes han interrumpido definitivamente nuestro estudio. Faltan muy pocos minutos para la hora de salida que a mí se me hacen eternos. Al fin, el inspector da permiso para salir.

Corro por el largo pasillo y bajo los escalones de dos en dos, de tres en tres. Estoy seguro de que la guitarra la están tocando en la “Sala de música”, la que posteriormente pasó a llamarse “Sala de televisión”. Sin dudarlo un instante, abro la puerta y, sí, al fondo a la izquierda, junto a los armarios de los instrumentos de cuerda, varios alumnos de la Primera están tocando unas guitarras y una de ellas es eléctrica. ¡Una guitarra eléctrica de verdad! De la noche a la mañana, habíamos pasado de tener una colección de instrumentos tradicionales de cuerda formada por guitarras, bandurrias, laúdes, algún que otro violín y un piano, a contar con una guitarra eléctrica. ¡No podía creerme lo que estaba viendo y oyendo! ¡Porque yo nunca había visto una guitarra eléctrica, sólo las conocía de verlas en fotografías! La emoción me ahogaba. ¡Qué sonido! ¡Qué maravilla! Sonaba como en los discos que el P. Navarrete nos ponía de Al Caiola con aquel sonido memorable de “Apache” que nosotros intentábamos imitar con la boca. (Años después descubrí que la canción instrumental “Apache” la había compuesto el británico Jerry Lordan en 1960 y que también aquel mismo año apareció la mejor y más conocida versión a cargo de Los Shadows; con ello quiero decir que Al Caiola no era el autor, como creíamos entonces).

Allí estaban, aquella tarde brillante del otoño del 63, Berzosa y Gordillo y no recuerdo si alguien más cantando y acompañándose con guitarras, aunque mi atención la acaparó por completo la guitarra eléctrica de la marca alemana Höfner: una guitarra de cuerpo macizo con la forma clásica de dos cuernos, fabricada de material plástico con un dibujo jaspeado en tonos rojos y granates. Una joya en aquel entonces. La misma guitarra eléctrica que nosotros y muchos de vosotros tuvimos y tocamos y oímos durante todos los años que se mantuvo el “Conjunto SAFA”. José María Berzosa estaba entonces en Octavo y Manolo Gordillo en Séptimo de Magisterio (yo cursaba Quinto).

En mi opinión, aquella tarde estaba empezando la historia de lo que habría de ser el Conjunto SAFA.

Cúlpale a la bossa nova

La primera formación del Conjunto SAFA no la recuerdo. Entre otras razones, porque yo no formé parte de ella (aquello era cosa de los mayores y yo estaba entonces en la Segunda División), pero, sobre todo, porque sus actuaciones eran muy esporádicas. Recuerdo perfectamente a Berzosa y a Gordillo tocando y cantando a todas horas con guitarras españolas por las camarillas de la primera, por los pasillos y en la sala de música. Se compenetraban muy bien y hacían verdaderos alardes con su buen control del acompañamiento (Gordillo) y del punteo (Berzosa). Para mí, dos de los alumnos con mayor talento musical con los que yo tuve la suerte de compartir, como ahora contaré, música y alegría. Recuerdo, no obstante, una actuación musical de un grupo, aunque probablemente todavía no lo hicieran con el nombre de “Conjunto SAFA”. No estoy seguro.

Fue una tarde de aquel curso 63/64 en la “Sala de música”. Ignoro el motivo, pero allí estábamos sentados todo el Colegio, probablemente celebrando alguna festividad o evento de los muchos que se celebraban entonces. De aquella tarde sólo me queda un recuerdo –delicioso, por cierto– del momento (imagino que como cierre del acto) en el que, en la esquina derecha del fondo izquierdo, donde habitualmente estaba el piano, un grupo formado por Berzosa (guitarra eléctrica), Gordillo (guitarra española) y Vicente Colomina (nuestro magnífico organista) al piano (es probable que interviniese alguien más, pero no lo recuerdo), interpretaron un rock and roll trepidante, en el más puro estilo rockabilly, con Colomina martilleando el piano como Jerry Lee Lewis, e hicieron las delicias de todos los que como yo amábamos esa música. No recuerdo qué canción pudo ser, aunque me inclino a pensar que sería alguna de las buenísimas adaptaciones que los mexicanos Teen Tops hacían de los grandes hits rockanroleros americanos.

Aquel curso de 1963/64, no obstante, iba a suponer para mí empezar a tomar contacto con aquellos compañeros adelantados de la música. Recuerdo con total nitidez la noche en la que Berzosa y Gordillo vinieron al comedor de la Segunda, se acercaron a mi mesa durante la cena y me dijeron si después podía pasarme por sus camarillas para hablar de música. ¡Naturalmente que sí podía! En cuanto terminamos de cenar, me fui a sus camarillas y en la de uno de ellos me contaron que estaban tratando de “montar” la canción “Cúlpale a la bossa nova”, pero que no se la sabían muy bien y que habían pensado en mí para que se la enseñase. Yo no cabía en mí de felicidad. A pesar de que yo era de la Segunda y ellos de la Primera, desde aquel primer día de la aparición de la guitarra eléctrica, yo había aprovechado todas las oportunidades que tuve de acercarme a ellos siempre que ensayaban y de mostrarles mi pasión por la música y mi conocimiento de casi todas las canciones de la época. Por eso me buscaron aquella noche, en la que les enseñé aquella canción que Eydie Gormé hizo famosa en su versión en español. Y me llamarían muchas veces más… hasta pedirme que entrase a formar parte del Conjunto SAFA. Pero eso fue ya al curso siguiente, 1964/65.

El Conjunto SAFA aparece, por fin

Creo que en toda esta historia hay un factor clave para entender el surgimiento del Conjunto SAFA. Me estoy refiriendo a la afición, a la extraordinaria afición, que había en nuestro Colegio por la música y por los instrumentos de cuerda (guitarras, bandurrias, laúdes). Tanto en Profesionales como en Magisterio éramos infinidad los aficionados a la música “moderna”, lo que se traducía, por un lado, en la formación de grupos o grupillos ocasionales que en las horas de recreo aprovechábamos cualquier rincón para cantar “a capella” las canciones que entonces iban definiendo el espíritu de los más jóvenes (unas veces ayudados de “Cancioneros” y otras de memoria, gozábamos cantando “Adán y Eva”, “El rock de la cárcel”, “Popotitos”, “Tú serás mi baby”, “La plaga” y muchas más… cuando todavía no habían aparecido Los Beatles); y, por otro lado, en que aquella afición a la música iba acompañada de un número considerable, aunque menor, de auténticos aficionados a tocar la guitarra: el complemento perfecto; de modo que, en cuanto surgía la ocasión, nos juntábamos en los lugares más inverosímiles y mientras unos cantábamos otros nos acompañaban con sus acordes. Con un “caldo de cultivo” así, ¿cómo no iba a surgir ya un Conjunto SAFA de calidad?

Tras realizar no pocas y variadas pesquisas, todo parece indicar (aunque insisto en el matiz dubitativo) que el primer acto en el que un grupo musical actuó en público con el nombre de “Conjunto SAFA” fue en las Fiestas de San José Obrero (1 de mayo) de 1964, unas fiestas que por entonces nuestro Colegio elevó al rango de fiestas populares para toda la ciudad de Úbeda con una duración de 2-3 días. El último día, y como cierre de las fiestas, el recién nacido Conjunto SAFA, formado por Manolo Guerrero (haciendo de bajo con una guitarra de 6 cuerdas), Manuel Javier (guitarra solista, con la Höfner), Artola (guitarra y voz) y Manolo Martínez Molina (percusión, formada exclusivamente por caja y palillos y un plato) hicieron su debut en el escenario montado para la ocasión (para quien no lo sepa, todos los componentes eran de Profesionales). Según me cuentan, pero yo no recuerdo, una de las canciones que interpretaron fue “Lucille” (la composición de Little Richard que aquí conocíamos adaptada con letra en español por Los Teen Tops).

Nuevo curso, nueva formación

En octubre de 1964, Manolo Gordillo se hizo cargo de la dirección del Conjunto. La formación liderada por Gordillo (guitarra Höfner y voz) contó con Manuel Javier (guitarra solista, marca olvidada), Manolo Guerrero (bajo Höfner), Manolo Martínez Molina (percusión) y Juan Herrera y yo como voces de acompañamiento (lo que los anglosajones llaman backing vocals y cuya función es hacer armonías, coros, etc.). Hay que destacar que esta nueva formación va a contar con dos notables adquisiciones instrumentales. En efecto, el Colegio había adquirido durante el verano un bajo eléctrico, también de la marca Höfner, de madera con caja hueca en colores verdes y blancos, y Javier se había comprado con su dinero una guitarra eléctrica, roja y blanca, de cuya marca no se acuerda ni él, y lo había hecho a través de un catálogo (me lo confesaba hace pocos días), adelantándose casi tres cuartos de siglo a las compras por Amazon (Javier, siempre tan inquieto en esto de la música y tan habilidoso, al poco tiempo le acopló una palanca de vibrator que él mismo fabricó, con la particularidad de que, en lugar de rebajar la tensión de las cuerdas, la aumentaba, por lo que la rotura de cuerdas era frecuente; pero ¡sonaba muy bien!). Ahora sí que aquella agrupación musical parecía un auténtico grupo de primera, al menos en lo que a guitarras se refiere, porque la percusión seguía siento tan escuálida como antes.

Enseguida empezamos los ensayos porque nos habían invitado a actuar, no recuerdo con qué motivo, en el Instituto San Juan de la Cruz de Úbeda. Tuvimos nuestra primera actuación el día 24 de noviembre de 1964 en el Salón de Actos de dicho Instituto (el único que existía entonces en Úbeda) (ver foto adjunta). Recuerdo vagamente que cantamos, entre otras, “Jamás podré olvidar” (del argentino Leo Dan, un autor de canciones que nunca me llegó a gustar), “La bamba” y “Cúlpale a la bossa nova”. Sin embargo, recuerdo muy bien –y no es un farol, amigos– que las chicas (entonces decíamos “las niñas”) se volvieron locas.

Con los egos adolescentes henchidos cual ídolos de masas, reanudamos enseguida los ensayos porque en poco más de dos semanas tendríamos que volver a actuar y había que preparar material nuevo. Y así fue. El 13 de diciembre de 1964, el Conjunto SAFA actuó en el escenario del Ideal Cinema de Úbeda. Para aquella ocasión habíamos preparado cuatro canciones (lo recuerdo porque ese era el número de canciones que habitualmente interpretábamos), de las que en mi memoria sólo quedan dos títulos: “Verde, verde” (una canción americana –“Green, green”– con la que The New Christy Minstrels cosecharon un gran éxito en 1963 y que por estos lares popularizó Luis Aguilé con su estilo pachanguero; aunque nosotros la cantábamos siguiendo el estilo y la cadencia pop del conjunto catalán Lone Star) y la magnífica “Please, please me” de nuestros ídolos eternos Los Beatles, que cantamos con la letra en español de la versión de Los Mustang, y, permitidme que lo diga, la bordamos (en aquella ocasión y siempre que la interpretábamos). El recuerdo de “Verde, verde” tiene para mí un especialísimo sabor porque la interpreté yo (ver foto adjunta). Esta sería la primera vez que Gordillo me asignó a mí la función de vocalista principal, algo que acabaría haciéndose habitual.

Al margen de las actuaciones, teníamos ensayos con cierta regularidad. Gordillo era un hombre con un talento musical excepcional, algo que se reflejaba en su capacidad para armonizar brillantemente cualquier canción, casi siempre con resultados que incluso mejoraban la original, su enorme creatividad para la composición e incluso para escribir letras de canciones con hermosas y bien medidas palabras. Como compositor, aquel curso nos sorprendió gratamente con “Mujer galduriense”, una preciosa canción dedicada a las mujeres de su pueblo, Jódar (“galduriense” es el gentilicio).

Una tarde de invierno del Segundo Trimestre (1965), seguramente con motivo de alguna fiesta local, fuimos a Jódar no sólo el Conjunto SAFA sino la Tuna SAFA también (un autobús entero lleno de “músicos”). Recuerdo que la primera parte de la tarde estuvo dedicada a amenizar las calles de Jódar con canciones de la Tuna (los componentes del Conjunto también éramos tunos) y, al anochecer, la fiesta se concentró en el Teatro Principal. Mis únicos recuerdos de aquel evento se refieren a la actuación del Conjunto SAFA. Aquella noche recuerdo que cantamos más canciones de lo habitual, como “Verde, verde”, “Please, please me”, “La Bamba” y, entre otras más, “Hay un lugar”, sobre la que considero oportuno extenderme un poco más. “Hay un lugar” era una versión en español de la composición de Los Beatles “There’s a place”, con la particularidad –y he aquí otra genialidad de Gordillo– de que la letra era una creación enteramente suya. A Gordillo le gustaba especialmente esta canción, de modo que, ante la imposibilidad de cantarla en inglés (sobra decir que entonces no teníamos ni idea de esa lengua), decidió escribir él su propia historia y así la cantamos. La velada estaba siendo un clamoroso éxito; sin embargo, el gran momento de la noche estaba por llegar. Para finalizar nuestra actuación, y para sorpresa y regocijo de los asistentes, Gordillo hizo la presentación oficial, en su pueblo, de “Mujer galduriense”, que interpretamos a continuación cantada por él (autor de la canción y galduriense de nacimiento) y que nosotros adornamos con armonías que embellecieron aún más aquella sentida y hermosa composición. El teatro, que estaba a rebosar, se venía abajo entre vítores y aplausos. Una noche inolvidable, de la que, por desgracia, no disponemos de testimonios gráficos.

Antes de que acabase aquel Segundo Trimestre, el Conjunto va a experimentar unos pequeños cambios. Juan Herrera y Manolo Martínez Molina abandonan el conjunto y sus puestos son ocupados por Manolo Valenzuela (compañero de curso y amigo) y por Miguel Laserna (2º de Oficialía), respectivamente. Desconozco (o sencillamente no recuerdo nada) el motivo por el que Herrera deja el conjunto. Molina me cuenta que él lo dejó porque por entonces tenía tantas ocupaciones y obligaciones que los ensayos del conjunto alteraban seriamente su vida cotidiana (además de sus estudios en la SAFA, era un destacado futbolista con entrenamientos casi diarios, era miembro de Acción Católica con un cargo de responsabilidad, miembro de la Tuna y no sé cuántas cosas más). Como ubetense, Molina era externo, lo que significaba que los días que teníamos ensayo –que por entonces siempre era después de la cena– tenía que cenar “a la carrera”, ir desde su casa al Colegio, ensayar durante una hora o más y volver a su casa bien entrada la noche. No obstante, y sin restar importancia a su muy ocupada vida, había otra razón de un peso infinitamente mayor (y lo digo con todo cariño) que sería la que le llevó a tomar la decisión de dejarnos: tenía novia, y sólo tenía tiempo para verla justamente a las mismas horas de los ensayos. De modo que, muy “sabiamente”, abandonó el Conjunto.

La nueva formación tendría una actuación más aquel curso 1964/65. El 11 de junio de 1965, con motivo de la fiesta de Fin de Curso, se representaría, en un escenario colocado delante de la fachada principal de nuestra magna iglesia, el auto sacramental de Calderón de la Barca “El Gran Teatro del Mundo”. Toda la explanada se convirtió en un extenso “patio de butacas” cuyas primeras filas serían ocupadas por las autoridades municipales y por nuestras autoridades religiosas y académicas. Recuerdo que a media tarde hubo una tormenta con abundante lluvia. Todos los eventos programados estuvieron durante horas en suspenso, y nuestras almas en vilo ante la posible y temida suspensión. Afortunadamente, todo quedó en lo que correspondía ser en aquellas fechas: una fugaz tormenta de verano.

Alrededor de las 10 de la noche, con las primeras sombras de anochecida y un cielo limpio, se abrió felizmente la Fiesta de Fin de Curso con la actuación del Conjunto SAFA. Recuerdo que interpretamos “Flamenco” (de Los Brincos), “No lo ves” (de Los Mustang) y “Amigos míos” (del italiano Nicola di Bari, que canté yo). El numeroso público asistente aplaudió nuestra actuación y, a continuación, dio comienzo el acontecimiento estrella de aquella noche: “El Gran teatro del Mundo”. La felicidad nos inundaba por todas partes. El curso había finalizado, todo el Colegio era una fiesta, y al día siguiente empezarían las ansiadas y siempre maravillosas vacaciones de verano. La adolescencia en estado puro se disponía a zambullirse en ‘el largo y cálido verano’ del 65.

Curso 1965/66: mi particular paraíso musical

Era, soy y seré siempre un melómano. La música me gusta desde que tengo recuerdos. En realidad, más que gustarme, la música me apasiona. La música “moderna” me atrapó desde el primer momento. El rock and roll, primero, con figuras como Elvis Presley, y el pop-rock, después, con el fenómeno (sobrenatural) de The Beatles, transformaron mi alma y mi modo de sentir la música. Y la música moldeó mi vida, templó y suavizó mi adolescencia, me abrió nuevas ventanas al mundo y me enseñó nuevos modos de mirarlo. No me cabe ninguna duda de que la música nos humaniza, nos hace mejores. Sencilla y llanamente porque la música nos hace felices. (La actual Neurociencia lleva años aportando datos sobre los efectos benéficos de la música sobre el cerebro y el bienestar general. Quizás otro día aborde este asunto).

La música nos hace felices, sí. Y aquel curso 1965/66, mi último año en la SAFA, la experiencia especialmente intensa que viví como parte responsable del Conjunto SAFA me hizo inmensamente feliz y supuso para mí uno de los mejores regalos de toda mi adolescencia. A los pocos días del inicio –el curso empezó, como siempre, el día 5 de octubre–, el P. Navarrete (entonces, Director) me encargó la formación y dirección del Conjunto. Como la composición del mismo procedía siempre de los cursos superiores, el relevo se hacía necesario cada nuevo curso. Inmediatamente me puse en contacto con los viejos componentes que aún continuábamos: (Manuel) Javier, guitarra solista (con su propia guitarra); (Manolo) Valenzuela, que se hizo cargo de la guitarra rítmica (con la Höfner), Miguel (Laserna), batería, y yo como cantante. Como Guerrero había finalizado sus estudios, había que buscar a alguien que se hiciera cargo de la guitarra-bajo. Rápidamente fichamos a Juan Bote (1º de Maestría) que se convertiría en un magnífico bajista (con el bajo Höfner).

A pesar de que todavía no había surgido ningún compromiso ni invitación para actuar en parte alguna, empezamos inmediatamente a ensayar. Nos gustaba a todos tanto tocar y cantar que por primera vez aquel Conjunto SAFA iba a adoptar como hábito el ensayo diario (entiéndase: disfrute diario). ¿Acaso podía haber algo más gozoso que hacer música todos los días con tus amigos? Y así, en la habitación de la gran balconada del edificio de Magisterio, que ese año nos fue asignada como “nuestro estudio musical” (¡qué lujazo!), todos los días después de la comida y de la cena nos encerrábamos en aquel paraíso privado donde éramos increíblemente felices. Tras muchas horas de pruebas con canciones tan representativas de entonces como “La casa del Sol Naciente” (tratando de emular los cinco acordes con el singular y bellísimo arpegio de la versión de The Animals), “Comprensión” (original de The Animals pero que nosotros cantábamos según la versión en español de Bruno Lomas), “100 kilos de barro” (una composición del cantante afroamericano Gene McDaniels y que aquí conocimos en la versión de Enrique Guzmán), “Oh, mi Señor” (del italiano Edoardo Vianello en la versión de Mike Ríos), “Melancolía” (de Peppino di Capri, pero siguiendo la versión de Bruno Lomas), etc., etc., el encaje, acoplamiento y coordinación del grupo era cada vez mayor. A las pocas semanas, recibimos la primera invitación para actuar –no tengo el más mínimo recuerdo del porqué– en la Escuela de Maestría de Úbeda (hace años pasó a ser el IES Francisco de los Cobos). Un domingo por la mañana del mes de noviembre fue el evento. Abrimos la actuación con una pieza instrumental (modo de apertura que adoptaríamos para todas las actuaciones posteriores), concretamente con la famosa “Dos cruces” (el bolero compuesto por Carmelo Larrea y adaptado por Los Relámpagos), permitiendo el lucimiento de Javier. Recuerdo que, a continuación, cantamos (canté) “¡Qué bueno, qué bueno!” (la canción con la que nos había representado Conchita Bautista en Eurovisión y que a nosotros nos encantaba en la versión rock de Los Sirex) y “Yo que no vivo sin ti” (del italiano Pino Donaggio). Probablemente, cantamos alguna más, pero no lo recuerdo. La sensación clara y gratificante de que habíamos superado la primera prueba se reflejaba en nuestras caras mientras subíamos el Real camino de nuestro Colegio. No os miento si os digo que lo recuerdo muy bien.

A los pocos días, o quizá fueron semanas, Javier deja la SAFA y se traslada como alumno a la Escuela de Maestría. La noticia nos cayó como un jarro de agua fría. ¿Y qué hacemos ahora sin guitarra solista? ¡Que no cunda el pánico! Afortunadamente, de la cantera SAFA salió de inmediato otra figura destacada en el manejo de solos: Santos Ortega (de 3º de Oficialía), un tipo con una especial habilidad para hacer filigranas con la bandurria, donde ya había destacado, y que desde aquel momento las haría con sus punteos en la guitarra Höfner.

Recuperados del shock que nos había supuesto la marcha de Javier, reanudamos los ensayos con la vista puesta en la próxima actuación, programada para el domingo 12 de diciembre en el escenario del Ideal Cinema. Conscientes de que aquél iba a ser nuestro ‘bautismo de fuego’ ante la flor y nata de Úbeda, trabajamos duro y seleccionamos con especial cuidado el repertorio. Para la mañana del aquel día 12 de diciembre la SAFA había organizado una gran “velada artístico-musical” (así lo calificó la prensa) que incluía la representación del auto sacramental de Calderón “La hidalga del valle” (los papeles femeninos fueron interpretados por alumnas de Las Carmelitas), la actuación del Coro y la del Conjunto SAFA. En el entreacto, actuó el Coro (yo siempre fui miembro de nuestro coro) y el Conjunto clausuró el acto.

Abrimos con una instrumental que no recuerdo y seguimos con “La noche” (de Adamo), “El mundo” (del italiano Jimmy Fontana) y “Un billete compró” (o “Ticket to ride” de Los Beatles). Nunca olvidaré aquella actuación y os cuento por qué. Nuestra actuación iba saliendo de maravilla hasta que empezamos con “Un billete compró”, porque justo cuando Santos estaba ejecutando el famoso riff con el que se abre esa canción, le saltó la prima. Inmediatamente corté, pedí disculpas al público y, como no era el momento de cambiar la cuerda, dije a Santos y Valenzuela que intercambiaran sus guitarras. Hasta ahí, todo bien y una total comprensión por parte del respetable. El problema fue que al empezar de nuevo Santos el riff con una guitarra que no era la suya, y en aquella situación de claro estrés, lo hizo medio tono más alto del que teníamos ensayado (si tocábamos la canción en “LA mayor”, tono en el que continuaron Valenzuela y Bote, Santos empezó el riff en “LA sostenido”). ¡Aquello sonaba a cuerno quemado! “¡Tierra trágame!” fue lo más bonito que me dije. En milésimas de segundo se me estaba cayendo el mundo encima y el bochorno y la vergüenza me atenazaban el cuerpo y el alma. Paré de inmediato y empezamos de nuevo, y, sin decir nada (¡qué iba yo a decir más!), interpretamos –a la tercera– la famosa “Ticket to ride”, una composición compleja de Los Beatles. No obstante, y a pesar de aquel accidentado final, el público no ahorró en aplausos. A los pocos días, recibí por correo la hoja del diario JAÉN que recogía la crónica de los eventos de aquella “velada” matinal. Una amiga y fan incondicional del Conjunto SAFA tuvo la deferencia de enviarme dicha hoja con los márgenes llenos de elogios y vítores, tal y como se puede apreciar en la foto adjunta. Respecto a nosotros, el periodista escribió: “Clausuró el acto el ‘Conjunto Safa’ que interpretó una serie de ritmos modernos, acogidos con entusiasmo desbordante por el numeroso público que llenaba el teatro” (Diario JAÉN, 19/12/1965, p. 15).

[Me encanta la canción “Ticket to ride” interpretada por Los Beatles, pero no ha habido todavía una sola vez desde entonces en que empiece a sonar el riff de George Harrison y no acuda a mi memoria aquella mañana con su sabor agridulce.]

A mediados de febrero de 1966, nuestro Colegio repitió la misma “velada artístico-musical” (con la excepción del Coro) en Baena; así que, nuestros “cómicos” y las chicas de Las Carmelitas salieron de gira, y nosotros, el Conjunto, con ellos. En el Teatro Liceo de Baena, con el aforo completo, se representó “La hidalga del valle” (mis padres y mis dos hermanas se acercaron desde mi pueblo, Doña Mencía, lo que me llenó de emoción y alegría) y, en el entreacto, nosotros interpretamos magníficamente “La escoba” (de Los Sirex), “Aline” (del francés Christophe, que yo canté en su lengua original – Oh, la, la) y “El mundo”. Un día repleto de buenas sensaciones y de muchísimo cariño del que no existe testimonio gráfico. Al atardecer, volvimos en nuestro autobús a Úbeda.

Saboreando todavía las mieles de nuestro reciente éxito, el P. Navarrete me comunica que los días 4, 5 y 6 de marzo se va a celebrar en el Colegio de El Palo (Málaga) la I Gran Olimpiada Intercolegial y que, además de las pruebas deportivas, habrá también un certamen de conjuntos. Disponíamos de tres semanas escasas para preparar un nuevo repertorio. El P. Navarrete me insiste en que tenemos que hacerlo muy bien, en que tenemos que ganar, y pone a nuestra disposición una “batería” completa para aquella ocasión. Valiéndose de sus buenas relaciones y de su incomparable capacidad de convicción consigue que el Conjunto “Los Calipso” (músicos profesionales de Úbeda) nos preste su magnífica y completa batería. Y así, a los pocos días, teníamos en nuestra sala de ensayo una preciosa batería jaspeada en brillantes tonos granates y dorados y a nuestro Miguelito haciendo locuras con los palillos. El P. Navarrete supervisó con sumo interés muchos de nuestros ensayos y no dejó de dar su opinión y consejos a todas y cada una de las canciones que preparábamos. Además de la instrumental de apertura (que nunca recuerdo cuál fue), hicimos el montaje de “Capri c’est fini” (de Hervé Vilard, que yo canté en el francés original), “Tú me dijiste adiós” (de Los Brincos, que con Valenzuela haciéndome la segunda voz nos salía redonda) y “No vuelvas” (una composición mía con letra de mi querido amigo Dionisio). [Anécdota: cuando el P. Navarrete oía la composición nuestra, decía siempre que le gustaba mucho, y, cuando preguntaba de quién era aquella canción, los amigos que a veces nos acompañaban en los ensayos no le decían que era mía para evitar posibles ‘malas caras’ sino de Los Brincos, a lo que Navarrete respondía siempre “¡Qué canciones tan bonitas tienen Los Brincos!”].

El viaje y los tres días en El Palo de Málaga los recuerdo muy bien y, sobre todo, no olvidaré jamás cómo nos divertimos. La tarde del domingo 6 de marzo, como cierre de aquella primera olimpiada de los colegios de jesuitas en Andalucía, se celebró el certamen de conjuntos. Actuamos, si no recuerdo mal, el conjunto de El Palo, el de Portaceli de Sevilla, el de la SAFA de Andújar y nosotros. De nuestra actuación quiero destacar el espectacular solo de batería de Miguel Laserna, que dejó boquiabiertos a todos los asistentes y, modestia aparte, la interpretación impecable de las tres canciones mencionadas (en las dos fotos adjuntas se puede apreciar la buena «presencia» de nuestro Conjunto, con todos sus componentes vistiendo  elengantemente traje y pajarita. Los trajes eran del Colegio). Recuerdo perfectamente nuestra bajada del escenario y cómo el P. Navarrete se levantó de su asiento y mostrando su orgullo y su desbordante alegría me dio un efusivo abrazo y me hizo sentar a su lado hasta el final del acto. Como solíamos decir entonces, “yo no cabía en mí de puro regodeo”. El fallo del jurado, sin embargo, nos asignó el segundo puesto, reservando el primero para el conjunto de Andújar. El público mostró su desacuerdo con pitos y abucheos. La vuelta a Úbeda fue aquella misma noche y la sensación de injusticia por el fallo nos torturó durante el viaje y durante muchos días más.

A la vuelta de las vacaciones de Semana Santa (3 al 10 de abril), el P. Navarrete me encarga organizar un espectáculo musical como cierre de las fiestas del 1 de mayo (San José Obrero, entonces). Disponíamos de poco más de dos semanas para abordar dos frentes. Por un lado, el evento musical y, por otro, nuestra actuación. Hablé con mis compañeros de curso y decidimos organizar un gran festival de conjuntos (entonces no nos andábamos con chiquitas), por lo que invitamos a conjuntos de la zona. Finalmente, acudieron un conjunto de Linares (cuyo nombre no recuerdo), Los Blue Star (un conjunto de Úbeda que empezaba entonces), Los Mini-Beatles y el Conjunto SAFA.

¿Quiénes eran los Mini-Beatles? Permitidme una breve digresión. Durante el primer trimestre del curso 65/66, nuestro curso realizó la “Prácticas” obligatorias de Magisterio en el Grupo Escolar de nuestra SAFA. A los pocos días del comienzo de las mismas, su Director, D. José Antonio Pastor, me expresó su deseo de que formase un conjunto musical con los niños del Grupo Escolar. Con la ayuda de mi amigo y compañero Valenzuela (ambos hacíamos las prácticas con D. Francisco Ocaña), ideamos una formación de unos 12 ó 15 chavalillos a los que enseñamos una serie de canciones modernas. Se les confeccionaron unos trajes acordes y unas pelucas que emulasen a “los melenudos” de Liverpool, y se les equipó con unas guitarras de madera y cartón. Aquel grupo “ye-yé” de escolares fue bautizado con el nombre de “Los Mini-Beatles”. Un conjunto infantil que gozó de las simpatías y el cariño de toda Úbeda (en los archivos de la SAFA de Úbeda, donde se guardan todos los números del periódico “SAFA” se pueden consultar las crónicas y el material fotográfico).

Volviendo al evento musical, y sin entrar en los pormenores del mismo, incluyendo cómo montamos el escenario y cómo estuvo a punto de venirse todo abajo justo cuando actuaban los Mini-Beatles hasta toda una serie de incidentes con la energía eléctrica, voy a pasar directamente a la actuación del Conjunto SAFA. Y nada mejor que empezar con una anécdota sabrosa y muy representativa de ciertas actitudes de la época.

Faltaban pocos días para las fiestas (hablo en plural porque recordemos que duraban tres días), la Primera División nos encontrábamos haciendo gimnasia en el campo de fútbol grande a las órdenes de D. Isaac. En uno de los descansos, se me acerca el P. Navarrete y me pregunta cómo van los preparativos del espectáculo musical. Le digo que todo va muy bien, etcétera, y acto seguido me dice: “¿Y qué canciones vais a cantar vosotros?”. “Nosotros, Padre, vamos a cantar… ésta, esta otra y Satisfaction”. Se hace un silencio de segundos y me dice: “¡¿Satisfaction?! ¡Eso es una canción cafre!” (Navarrete dixit) y se alejó. Os aseguro que recuerdo aquel momento y aquellas palabras como si hubiesen ocurrido ayer. Cuando comenté el episodio a mis compañeros del Conjunto, surgieron dudas sobre si cantar o no la canción de los Rolling Stones, pero enseguida convinimos en que sí la cantaríamos. ¡Y la cantamos! Y aquella noche del 1 de mayo de 1966, el Conjunto SAFA interpretó, ante las autoridades religiosas y académicas y ante el numeroso público asistente, “Que se mueran los feos” (de Los Sirex), “Tú me dijiste adiós” (que solo la habíamos cantado en Málaga) y “Satisfaction” (de “sus satánicas majestades”). Desde la primera fila, el P. Navarrete me lanzaba miradas luciferinas, pero el griterío festivo de nuestras fans, que ya eran muchas, neutralizó aquella desaprobación y la transformó en un caudal de emociones positivas y sentimientos inolvidables. Porque aquella noche, de nuevo, vivimos momentos que aquí siguen, brincando en mi memoria repletos de felicidad.

El mes de mayo corría entre flores, calor, la rutina cotidiana de clases y estudio y las salidas diarias a la ciudad aquellas tardes tentadoras y llenas de magia para tontear con nuestras amigas “calle Nueva arriba, calle Nueva abajo” y terminar tomando un “Martini” en la Cafetería Monterrey. El final de curso estaba cerca y como adolescentes con la adultez recién estrenada teníamos que agotar hasta la última gota del vaso de la libertad. Y el domingo 15 de mayo, el destino puso a prueba nuestra osadía, nuestra temeridad y también nuestra imprudencia.

Poco después del desayuno, Javier (nuestro gran guitarrista perdido) viene al Colegio y me dice que la Comisión de Festejos de Santa Eulalia (o Santolaya, la pedanía a 5 km de Úbeda) invita al Conjunto Safa a tocar en la plaza del pueblo durante ese día, festividad de San Isidro, su patrón, para animar el baile. Si aceptamos, un taxi nos recoge en la puerta del Colegio, pasamos allí el día tocando, nos invitan a comer y después, cuando finalice el baile y el día, otro taxi nos trae al Colegio. Ah, y además, nos pagan a cada uno… (¡ta-ta-ta-chán!)… 25 pesetas (¡5 duros por barba, vamos!). De entrada, la idea de ir a tocar me pareció estupenda; sin embargo, inmediatamente empezaron a surgir montones de dudas: ¿cómo salimos del Colegio a plena luz del día con todos los instrumentos?, ¿cómo vamos a justificar la ausencia a la hora de la comida? (sólo las cenas eran libres los domingos) y, sobre todo, ¿cómo nos las vamos a arreglar a la vuelta, de noche, para entrar al Colegio sin que nadie nos vea? No recuerdo ni cómo me convenció Javier a mí ni cómo convencí yo al resto del conjunto; el caso es que a media mañana estábamos metidos en el taxi camino de Santolaya. Todo aquel día fue una locura, pero una locura sana. Nos colocaron en un lateral de la plaza, en el suelo, sin escenario de ningún tipo (lo único que recuerdo es que estaba en pendiente), junto a una ventana por donde teníamos conectadas las guitarras y los amplificadores. En cuanto empezamos a tocar, la gente empezó a bailar y así estuvimos hasta la hora de la comida. Nos invitaron a comer a cada uno con una familia y pasadas las horas de siesta se reanudó el baile. Naturalmente, nosotros no teníamos repertorio para estar tocando horas y horas; de modo que, cuando lo agotamos, les obsequiamos con todas las canciones que sabíamos cantar pero que jamás habíamos interpretado. Pero la gente reía y bailaba y todo les parecía bien. Su amabilidad fue exquisita y sus atenciones permanentes, obsequiándonos a cada instante con todo tipo de bebidas y aperitivos que contribuyeron a aumentar nuestra desinhibición y osadía artística. Y así transcurrió la tarde y llegó la noche. A medianoche, terminó el baile, recogimos todo y el taxi nos llevó a Úbeda.

El frescor de la madrugada ya había eliminado los restos de inconsciencia alcohólica y el avistamiento del Colegio completó la sensación de incertidumbre y miedo. ¿Dónde dejamos ahora los instrumentos? En nuestra sala no, eso exigiría atravesar toda la explanada y encender alguna luz de Magisterio. Pero, ¿qué hacemos con los instrumentos? No había mucho tiempo para divagaciones. En el hueco de la escalinata del patio de columnas, sugirió alguien; y allí los dejamos. Como delincuentes a punto de ser sorprendidos, abandonamos el taxi antes de llegar a la verja, muy nerviosos atravesamos la puerta junto a la garita de entrada, y de puntillas y con el mayor de los sigilos cruzamos la explanada y entramos al patio de columnas. El silencio era absoluto. Nuestros corazones saltaban de miedo. Como quien maneja un frasco de nitroglicerina, colocamos con el mayor de los cuidados todo el equipo en aquel hueco y nos fuimos con pisadas de gato a dormir. Nadie hizo al día siguiente ni nunca pregunta alguna acerca de por qué amanecieron allí aquellos instrumentos. Durante el recreo de la mañana del lunes aprovechamos para llevarlos a su sitio y, a partir de ese momento, respiramos aliviados. Todo había salido bien.

Contemplada desde el momento actual, aquella aventura puede parecer una simple travesura de estudiantes; sin embargo, en aquellos años de disciplina rigurosa y normas de conducta muy estrictas, todo aquello –de haberse descubierto– podía haber terminado dramáticamente con la expulsión fulminante del Colegio de todos nosotros. Pero la Providencia o la fortuna o la buena suerte o todas ellas juntas nos protegieron.

El curso se acercaba a su fin. Nosotros seguimos con nuestros ensayos diarios, que era lo que más nos gustaba, aunque cada vez más conscientes de que aquella felicidad tenía los días contados. Sin embargo, la vida en nuestro Colegio nos tenía reservada todavía una jubilosa noche más de música y público. Aquel año de 1966 se cumplían 25 años de la creación de la SAFA y para celebrar tan fundamental efeméride la Dirección del Colegio había reservado dos días, una vez finalizados los exámenes, para diferentes actos públicos. Al P. Navarrete –siempre tan melómano– le faltó tiempo para comunicarme que como cierre de la celebración final quería que actuásemos nosotros. Encantados con la noticia, nos pusimos rápidamente a preparar la que iba a ser nuestra última actuación (The Last Waltz, como diría Scorsese). Abriríamos con una instrumental, que Santos se empeñó en que fuese el sirtaki “La danza de Zorba”, que el griego Mikis Theodorakis  había escrito para la película Zorba el griego (1964), una hermosa composición que se hizo muy popular en todo el mundo y que tiene un final con ritmo frenético. A pesar de nuestras dudas iniciales, dada la extraordinaria dificultad de la pieza, Santos se entregó en cuerpo y alma durante días y consiguió ejecutarla maravillosamente bien. A continuación, interpretaríamos “Larga calle” (de Peppino di Capri), “No vuelvas” (la composición propia que estrenamos en Málaga) y “Has de ser mi mujer” (de Los Sirex). A aquellas alturas del curso, nuestra pasión por la música y los ensayos diarios nos habían dado una experiencia, una cohesión y, sobre todo, un control instrumental y vocal verdaderamente admirables. Todo el mundo lo decía: el Conjunto SAFA parece un grupo profesional. La noche del domingo 12 de junio de 1966, en un escenario montado ad hoc en el patio donde en verano se proyectaba cine, y ante la presencia de las distintas autoridades, de todo el alumnado y de una masiva asistencia de gente de Úbeda, el Conjunto SAFA saludó e interpretó esas cuatro canciones, con una novedad muy evidente: en el escenario sólo aparecimos cuatro miembros: Santos, guitarra solista, Bote, guitarra-bajo, Miguel, batería y Vargas (o sea, yo) guitarra rítmica y voz (¡Qué pena que no quede ningún testimonio gráfico!). Una serie de compromisos familiares habían obligado a Valenzuela a marcharse del Colegio al día siguiente de finalizar los exámenes y yo, que había aprendido a tocar la guitarra rítmica un año antes, me hice cargo del acompañamiento y de la voz. Aquella fue una noche memorable (otra más) por muchas razones: por la excelente calidad de nuestra actuación, porque en ningún momento abandonó mi mente la certeza de que estaba siendo la última y por el montón de emociones que acosaban mi corazón gritándome que estaba a punto de abandonar para siempre la SAFA, mi Colegio, mi casa.

Al día siguiente, lunes 13 de junio de 1966, el Colegio quedaría vacío, silencioso, mudo, como una isla desierta. Todos sus inquilinos marcharon de vacaciones de verano a sus casas. La mayor parte volvería en octubre, otros tuvimos que empezar a reorganizar nuestra mente y afrontar la verdadera vida que nos esperaba, pero con el recuerdo siempre nítido y vibrante de aquel Conjunto SAFA que tanta felicidad nos regaló.

Sirvan estas páginas como homenaje de agradecimiento a todos los que formaron parte alguna vez de aquel grupo musical. Mi abrazo cariñoso para todos ellos y un recordatorio:“Old rockers never die” (los viejos rockeros nunca mueren). Así sea.

P/D. Gracias  a la inestimable ayuda de Pepe Aranda,  nuestro gran experto en Informática,  aquí están los vídeos de todas y cada una de las canciones originales (de nuestras interpretaciones no existieron jamás registros) que se mencionan en la historia (excepto «Mujer galduriense» de Gordillo y «No vuelvas», la composición propia) para que, si os apetece, podáis escucharlas… y recordar y disfrutar.  Son 36 joyas de aquellos años colocadas en el mismo orden en el que aparecen en el texto.

3 opiniones en “EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)”

  1. ¡Hola Jose María!. Soy Juan Bote tu compañero del Grupo SAFA .¡Que alegría saber de tí! .
    Me has emocionado con tu relato de nuestras vivencias musicales y me has hecho recordar actuaciones que tenía totalmente olvidadas y que tú has descrito magistralmente con una precisión total.
    La música ha llenado nuestras vidas desde siempre y yo después del colegio he seguido con ella , seguí cantando y tocando el bajo (una Hofner-violín como la de los Beatles) en la Orquesta Bote con mi familia. Terminé los estudios del Grado Profesional de Piano en el Conservatorio de Mérida y dirijo la Coral de Almendralejo desde su fundación hace 35 años.
    En un encuentro con la Coral Santa María de Coria del Río tuve la gran alegría de encontrarme con Miguel Laserna y pudimos recordar viejos tiempos.
    De nuevo gracias por hacerme vivir nuestra juventud musical. Un abrazo querido compañero.

    1. ¡Hola, Juan Bote, querido y viejo amigo!
      ¡Qué alegría saber de ti! Muchas gracias por tus hermosas palabras.
      Nuestro común amigo Miguel Laserna me contó hace unos años el encuentro que tuvísteis y me puso un poco al tanto de tus actividades musicales. No sabía nada, sin embargo, de esa «Orquesta Bote» familiar. ¿Continuáis todavía tocando? Lo que sí continúa siendo una realidad veo que es la Coral de Almendralejo contigo al frente. Enhorabuena, Director, y que sigas dirigiéndola muchos años más.
      El relato de nuestra historia del Conjunto SAFA era algo que tenía pendiente conmigo mismo y, al fin, por una serie de avatares ajenos a mí, lo he escrito. Es un placer saber que he sabido transmitirte el caudal de emociones que tuvimos el privilegio de vivir.
      Un fuerte abrazo, querido compañero de músicas y sueños.

  2. Lo he leído con interésy nostalgia. Tu memoria, querido José María, es impresionante, seguramente fruto de la pasión que le pusiste a aquel sueño de juventud. Maravillosos recuerdos. Yo los viví con entusiasmo y envidia hasta que Santos me llamó en el último año de magisterio para tocar la guitarra bajo. Tú ya no estabas. Ensayábamos después de cenar, como vosotros. Destaco, entre otras dos grandes actuaciones: Festival de conjuntos musicales de la provincia en el Ideal Cinema. Quedamos los segundos. Imposible ganar al mejor grupo, los Epsilon, de Linares. También actuamos en la Olimpiada de los colegios de jesuitas andaluces celebrada ese año en nuestro colegio. Mi experiencia no fue tan interesante como la tuya, pero pude cumplir el sueño de pertenecer al Conjunto SAFA.
    Gracias por hacerme revivir aquella juventud apasionada.
    Un abrazo.

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