¡Volando mi cometa!

Los Reyes Magos se encargaron de echarme la ansiada cometa que llevaba añorando durante bastante tiempo. Y llegó envuelta y bien empaquetada por arte de birlibirloque…
¡Qué ilusión más grande me hizo!; pero, como en la capital y con el tráfago diario nunca tenemos tiempo de hacer lo importante, sino solamente lo cotidiano y necesario, he tenido que venir a Torre del Mar (Málaga) en el puente de mayo y la feria de abril de Sevilla para alcanzar mi sueño: volar mi primera cometa con la ayuda de mi mamá, especialmente, y la de mi abuelito materno, siendo la admiración de mi hermano Saúl y todos los bañistas que me acompañaban en esos sublimes momentos…
Qué nervios pasé cuando mamá la formó, tras visionar un vídeo de cómo se montaba, pues no tenía idea de ello. Y es que eso es lo bueno que tiene Internet (aunque me advierten -los que bien me quieren- que no es oro todo lo que reluce en la Red…).


Y llegó el mejor momento: ir soltando cuerda lentamente para que mi cometa de búho colorista se inflamara de aire y tomase poderío conforme iba ascendiendo hacia el cielo… Y eso que mi abuelito decía que parecía que había poco aire por el grandioso y extenso paseo marítimo de Torre del Mar.
Pero conforme nos fuimos acercando al filo de la playa, una vez que jugamos un poco con las piedras a ver quién de los tres (Saúl, abuelito y yo) era el campeón en lanzarlas, lo más lejos posible, hacia el mar (no es por nada, pero casi siempre gané yo); y jugar con la arena, a la vez que buscar conchas, ya me entró el gusanillo de volar mi cometa, por lo que insistí varias veces a mamá y al abuelito (lo que vulgarmente se llama dar la tabarra o la brasa) para que se hiciera realidad mi sueño (como suelo hacer siempre para conseguir lo que me propongo). Y, tachín tachán…, lo conseguí.


¡Qué importante me sentí al coger altos vuelos mi cometa, siguiendo las instrucciones de mamá y el abuelito, precisamente en este día 1 de mayo, Día de todas las Mamás (y Abuelas) del mundo!
Menudo regalo me han hecho: ver hecho realidad lo que tantas veces he imaginado y soñado.
Ya sé, que como el viento venía de poniente e inflamaba el cuerpo de mi cometa, la hacía volar y cabecear allá arriba, realizando una y mil piruetas, como si de un juguete eléctrico extraño se tratase, con su estela tricolor (amarillo, verde y azul) cual cola inmaculada de novia…
Sé que a mi hermano no le hizo tanta ilusión como a mí, pues solo tiene dos años y medio y le interesaba más el agua del mar y lavarse los pies sucios en las duchas de la playa que ver volar mi cometa. Lo entiendo…
Hoy me voy a la cama tranquilo porque he desayunado churros con chocolate (como me prometieron) y comido pizza torino al medio día; y, a la noche, me he montado en los cochecitos que funcionan en el paseo marítimo. Para la buena verdad he escogido un cuatriciclo de cuya pericia en llevarlo me he tenido que examinar al momento para que me permitieran conducirl0. He demostrado que sé acelerarlo y lo más importante, frenarlo para no pillar a nadie en el paseo marítimo y poder circular libre y tranquilamente.


Mi hermano (Saúl) ha escogido un cochecito Mc Queen (que le gustó a primera vista), con dirección asistida del ío. Pero lo que más me ha gustado -especialmente hoy- ha sido la gran hazaña del día, sin comparación con nada: ser un súper héroe, durante unos vibrantes momentos, como los que veo en los dibujos animados o los libros de lectura que ya empiezan a gustarme mucho: dejar volar mi imaginación, yendo pareja a mi querida y entrañable cometa.
Recuerda mi abuelito como si fuese ayer, cuando era niño o joven ir a volar cometas al desaparecido Cerro de la Atalaya con sus amigos íntimos, en donde hoy se asientan tantos chalets y que allí había un inmenso charco, en donde se bañaban los más atrevidos; y, más allá, el Charcón de la Veguilla, yendo para La Yedra, en el que paraban flamencos o zancudos en su migración anual.
Me ha contado que era alto y abrupto (el Cerro de la Atalaya). Allí hacía ciclocrós y, sobre todo, motocross. Había también alguna cueva súper explorada por los más valientes o atrevidos. El Cerro de la Atalaya era, por supuesto, el lugar preferido y preferente en Úbeda para ir a volar una cometa pues estaba alto, casi siempre hacía aire o viento fuerte y se veían el colegio de la Milagrosa y los antiguos Salesianos (sus inmensos edificios y patios, ya desaparecidos) a vista de pájaro. Todavía no existía el Parque Norte sino que era todo campo, una granja y bastante arbolado…
Mi abuelito ha revivido todo eso en el rato que estuve yo volando mi cometa y así me lo ha contado después. ¡Qué hermosos momentos hemos pasado todos!
Supongo que, como todos ustedes han sido niños, como yo lo soy ahora, pues me llamo Abel y tengo seis años, alguna vez habrán volado una cometa, por lo que me comprenderán perfectamente…
Torre del Mar (Málaga), 1 de mayo de 2022
Fernando Sánchez Resa

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