Vicisitudes de la vejez, 26

Cuando hace tiempo que han quitado la obligatoriedad de las mascarillas en casi todos los sitios veo a gente, especialmente desde mi ventana o cuando voy a comprar, como buena y paciente observadora que soy, que sigue usándola hasta por la calle. ¡Vivir para ver…! Pienso que nos pasa, a los seres humanos, como a los burros de noria que están acostumbrados a dar vuelta sobre vuelta desde la mañana a la noche en este laberinto que es vivir; y cuando quieren o los dejan liberarse ya no saben hacer otra cosa, por lo que prefieren seguir ejerciendo la monotonía de siempre. Pasó con la esclavitud, en los primeros momentos en EEUU, cuando preferían seguir siendo esclavos a ser libres y buscarse las habichuelas por su cuenta…


«Ay que fea y dura es la vejez», decía, a menudo, hace muchos años, mi abuela y yo, de niña, no la entendía. Ahora sí que la entiendo perfectamente. Y si encima la cargas de pandemias, más complicaciones políticas, económicas y sociales varias mucho peor…
«Teníamos que ser viejos antes que jóvenes», decía mi padre de anciano y no caer en todos los fallos y las equivocaciones en los que sucumbimos irremisiblemente durante nuestra juventud y/o madurez, a pesar de las muchas advertencias que siempre nos hicieron nuestros mayores… ¡Nadie aprende en cabeza ajena, qué le vamos a hacer! Y así seguimos y seguiremos por siempre…
La mujer, cuando declina la libido física y mental del marido, toma el mando directamente y se hace con todo el poder del matrimonio, tomándose la revancha por los muchos años en los que el hombre ordenaba con mando en plaza; y ya, si se queda viuda, se envalentona y empodera tanto que nadie puede con ella y mucho menos domeñarla… ¿A que sí?
Elucubro que las mujeres dedicadas a ser monjas católicas siguen siendo más sojuzgadas que los sacerdotes de la misma religión, aún en nuestro siglo XXI, a pesar de los pasos hacia adelante que ha dado y pretende dar el actual Papa, dentro de lo que le dejan…
Cuando nos juntamos dos viejos (o más viejas) nuestro tema preferido siempre es hablar de enfermedades. Nos encanta desgranar la facitis plantar que padece el marido o el declinar de su próstata (con lo que supone de liberación femenina…); la tensión alta o baja que padecemos; el ataque al corazón del vecino de al lado; o recordar el tiempo que hace que se nos fue la menstruación o como la llamábamos nosotras de toda la vida: la regla o el período; o cuando le vino a nuestra hija una diabetes galopante en cuanto se le fue la menstruación, de la que no se ha repuesto ni se repondrá; y cuando llegó nuestra descalcificación de los huesos, volviéndosenos quebradizos…
Me vienen a la memoria cientos de anécdotas que me gustaría contarte, amable lector. Algunas son mías y otras de mi entorno más cercano familiar o de amigos. Espero te diviertan, al menos…
Yo casi nazco en el tren pues mi madre estaba embarazada y como no le sentaba el clima de la costa en donde vivían, mis padres decidieron que debían aposentarse en el interior de Andalucía. Por eso, mi madre, casi poniéndose en marcha para viajar, vio que su avanzado embarazo le iba a jugar una mala pasada, por lo que pensó dejarlo hasta que naciese yo y después se irían para Úbeda (Jaén), en donde nacerían mis otros hermanos. Por eso, siempre digo que nací viajera, pues casi nazco en el tren…
Recuerdo cómo mi suegra, en los últimos años de su vida, le entró la manía de ir apurando todas las medicinas que había en la casa para que no quedasen pastillas sueltas… El afán de ahorro elevado a la enésima potencia, que se nos agudiza a todos en la vejez de una manera portentosa. A pesar de ello, no llegó a acabarlas, pues había cajas enteras por varios cajones cuando falleció…
Recuerdo también esas fotos antiguas que guardábamos en unas cajetas de lata para ir enseñándolas o distrayéndonos en los ratos de ocio, ya que antiguamente había más que hoy, sin ninguna duda, pues no teníamos ese aparato diabólico al que llaman móvil o su hermano mayor (la televisión); y que con su sola contemplación ya pasabas un rato divertido, moviendo la cabeza en positivo. Así, tenía la foto de mi madre de pequeña, en la que estaba orinando y con la cabeza cortada, según me dijo ella, porque de pequeña no le gustaba y le parecía demasiado cabezona, por lo que cogió la tijera y así lo arregló todo, dejando la cabeza reducida a la mitad…
Y también la foto cortada de mis abuelos, cuando eran novios. Como a mi abuela no le gustaba que le hubiesen echado una foto sorpresa, que mi abuelo había preparado concienzudamente poniéndose de acuerdo con el fotógrafo, sin que ella supiese nada y que pareciese un accidente. Entonces, para zanjar el asunto, mi abuelo le dijo a su novia: «No hay problema, se corta y ya está». Lo que no esperaba ella es que el corte fuese transversal y no horizontal, como ella pensaba, ni que le diese la parte de cintura para abajo resultante…
También rememoro nítidamente cuando de pequeña me subía a la cámara de mi casa (la habitación más alta que estaba junto al tejado), cuando se morían tantos niños de diarrea o cagueta, en la quinta de Santiago (el 25 de agosto), como le llamaban entonces, para verlos desde arriba, ya muertos y con la caja destapada. Entonces estaba en una edad infantil que todo ello me encantaba. Hoy en día no sería capaz de hacerlo, pues todo lo referente a enfermedades, muertes y desgracias propias o ajenas me dan ya mucha pena.
Hablando de mi abuelo -que por cierto no tuvo más que un hermano – y que se murió de chico. Como en aquella época, lo llevaban a enterrar a hombros de los mismos chiquillos, -de pronto- uno dijo «que se menea el muerto» y todos salieron corriendo; por lo que él lloraba de ver a su hermano “solico” tirado allí en medio de la calle… No era para menos.
Ahora estamos a vueltas de la viruela del mono; qué nos quedará por ver con esta gente que no sabe lo que hacer para tenernos preocupados, miedosos y aherrojados ante la enfermedad y la muerte de una manera tan burda y clara…
Y termino rememorando lo que oía decir a mi vecina Asunción a su joven hija, a grito pelado « No sabes más que buscar cualquier excusa para estar en la calle como un pingo», pues no paraba en casa ni por decreto ley, aún sabiendo que los años todo lo sientan o levantan, hasta los embarazos disimulados u ocultos, incluso ahora que hay tanto invento y desvergüenza…
Sevilla, 22 de junio de 2022.
Fernando Sánchez Resa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *