Anécdota en el taller de Ajuste con don Manuel Coto.


  1. Delgado Real, José de Jesús
  2. Ruzafa Vilches, Juan Ramón
  3. García Soto, Juan

Supongo que como todos los compañeros, nuestras mejores horas lectivas eran las de taller y de esto se trata mi siguiente anécdota.

Pasaron los cursos y don Manuel nos enseñaba con todo esmero y misterio la taza llena de pequeñísimas, casi polvo, briznas de oro procedentes de sus frecuentes trabajos de grabado de anillos y otras joyas; aquello pesaba bastante más de lo que pueda parecer una taza llena de cualquier cosa. La boca se nos quedaba descolgada como la puerta de un huerto mirando aquello.

También nos prometió y por fin cumplió, enseñarnos la llave estilo barroco, compuesta de infinidad de piezas individuales ajustadas unas a otras. Allí en aquella llave, se daban cita las caras de los reyes católicos, varias serpientes enroscadas por todos los rincones y como digo, infinidad de pequeñas piezas más.

Estos momentos de especial ternura de lo que debió ser un rudo hombre asturiano, llegado ya a una edad próxima a la jubilación, yo los aprovechaba para intentar compensar y equilibrar mi balanza personal tras el affaire de la escoba. Y supongo que tuve éxito pues me eligió juntamente con los compañeros Ruzafa y García Soto para defender la imagen de nuestro taller en el concurso que se celebraba ese año en Andújar.

Varias semanas antes de la fecha del evento, don Manuel se las pasó seleccionando para cada uno de nosotros, una caja de herramientas repleta de limas nuevas e instrumentos de origen suizo con la máxima precisión que hubiéramos conocido. Estaba realmente ilusionado y con toda su confianza puesta en nosotros. Ni que decir tiene que en la subsección de ajuste, García Soto, ni podría tener, ni lo tuvo, rival alguno; su forma de limar «al través» era sencillamente magistral.

En la subsección de matriceria, supongo que mi gran amigo (más que compañero) Ruzafa y yo mismo, deberíamos tener opciones de conseguir un buen puesto; al menos don Manuel estaba convencido.

Empezó el concurso; Ruzafa y yo ocupábamos sendos tornillos en el mismo banco y de frente el uno del otro; compartíamos el mismo croquis de la pieza para no ocupar tanto sitio sobre el banco. Me llegó la hora de ir hasta el gramil para trazar la pieza. Ni me llevé el croquis; lo llevaba todo en la cabeza y todo se fue desarrollando normalmente durante los dos o tres días de trabajo, hasta que a poco del final vi que mi matriz estaba girada 90° con respecto al los lados del paralelepípedo. Tanto mi pieza como la de Ruzafa funcionaban y cortaban la chapa perfectamente; pero Ruzafa ganó el primer puesto y yo gané el segundo gran enfado de don Manuel durante mis 4 años de estancia en la escuela.

Mi más sentido recuerdo para mi gran amigo Ruzafa, que en paz descanse, y un cordialísimo saludo a todos los demás compañeros que puedan leer este humilde repaso de aquellos días

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