Vicisitudes de la vejez, 30

Mis recuerdos mariposean ahora por tiempos pretéritos en los que la calor, durante aquellos tórridos veranos, era moneda de curso legal en nuestra Úbeda y cómo mi marido y hasta mis hijos o nietos les encantaba ir a las eras para aventar el grano en cuanto había un poco de viento y después machacar la paja para sacarle el trigo… ¡Qué tiempos aquellos en que todo era salud, ilusión y alegría mientras que el cansancio y/o tedio no aparecían por ningún sitio!
También recuerdo cuando la plaza de abastos de nuestra ciudad (que hoy se encuentra tan desangelada con demasiados puestos cerrados y en fase de arreglo o nuevo acomodo) estaba plena de puestos de venta, tanto en el interior como el exterior, circunvalándola; y cómo en la parte de abajo vendían los hortelanos autóctonos sus mimados productos de las huertas, fresquísimos, sabrosos y plenamente ecológicos, por cierto; y hasta se vendían animales vivos (gallinas, conejos…) por particulares que los criaban en su propia cuadra o corral, para comerlos, tras su sacrificio en casa, cuando todavía no había llegado tanto tiquismiquis de inspecciones sanitarias o veterinarias…


Pienso lo que cualquier padre o madre (últimamente también bastantes abuelos y hasta bisabuelos) ha de pasar hasta criar a sus hijos para que estudien y alcancen una buena profesión. Verlos colocados con el fin de que sean autónomos económicamente, de manera especial, durante toda su vida. Y para mayor inri, que encuentren buenas parejas que se quieran por amor y no por otros baldíos y fútiles intereses. Y que dure, a ser posible, toda la vida. ¡Cuánto le pedíamos antaño a la vida! Hoy se han rebajado ostensiblemente esas exigencias, pues ni el trabajo ni el emparejamiento son ya para toda la vida sino que nuestros hijos, nietos o biznietos cambiarán de profesión y pareja demasiadas veces en su periplo vital, como hemos visto tantas veces en las películas americanas de las que tanto se nos ha pegado su pensar, sentir y vivir. Los mayores pedimos que nuestros descendientes encuentren una pareja competente, que se quieran de verdad y que no sea una flor de verano o un enamoramiento tonto…
Tengo aquí que incidir en que el sexo masculino muestra demasiadas veces, aunque no siempre y en todos sus componentes, su tontuna y tozudez con el imparable impulso de la testosterona que los hace parecer perros enganchados al sexo y agarrotados toda la vida en él, hasta que les llega la andropausia, más tarde o más temprano, y entonces se convierten en tiernos y/o llorosos perrillos falderos. Lo digo por lo que nos están enterando de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa: “la cosa de la jodienda (y del dinero) no tiene enmienda”, se ha dicho siempre por estos pagos. No hay más que leer atentamente Los vientos del nobel de literatura para incidir incluso en las vicisitudes de la vejez más descarnada…
Y si hablamos del período de jubilación masculino (que no del femenino que nunca nos llega, puesto que las labores de la casa, mientras estamos vivas y/o no enfermemos a fondo, seguimos en el curre), tendremos que referirnos a las peanas y goteras que poco a poco van llegando conforme vamos envejeciendo (también a nosotras las féminas); a veces lo hacen de forma súbita pero suave y otras a lo grande, siendo entonces peor, poblándose nuestra agenda diaria o semanal de múltiples y variadas citas médicas y visitas a la farmacia que igualan o superan las que hacemos a la tienda de la esquina o al supermercado. ¡Qué edad más chunga tengo! Entonces nuestra felicidad o infelicidad va trocándose en menos exigencias a la vida y más pequeñas satisfacciones diarias por el simple hecho de sobrevivir: ver el sol y las nubes en el firmamento, poder caminar y hablar con las amigas y recibir muestras de cariño y afecto de mis hijos, nietos y biznietos. Con qué poco se conforma una a cierta edad y, en cuanto más vas cumpliendo años, si tienes inteligencia para ello, más agradecida debes estar por cualquier visita que te hagan o muestra de cariño que te regalen.
Me gustaría ilustrar con varias anécdotas el comportamiento del viejo, en masculino, a veces en femenino, para que nos tomemos a broma ciertos comportamientos, si no queremos estar llorando todo el día por mil y un pequeños asuntos que nos asaltan a cada momento.
Rememoro aquella vez que mandé a mi marido para que recogiera una sabrosa empanada en una tienda-panadería y, tras tardar demasiado, se me presenta con ella hecha una zarapeta, puesto que se la dieron para llevarla bocarriba y él, ni corto ni perezoso, la llevó de lado todo el rato, haciendo además un largo paseo, con el consiguiente estropicio y enrollamiento. ¡Ay, qué paciencia y temple tenemos que tener las mujeres con los varones!
Y si cuento lo que mi sobrina nieta (Julia, se llama) ha vivido y pasado al estar trabajando en la ventanilla de un banco… Llegar el abuelo-a de turno para cobrar su paga, pidiendo que se la dé completa y en metálico, contarla y luego coger solo una pequeña parte e ingresarla casi entera en su cartilla… ¡Hay una edad en la que ya no se fía uno de nadie!
O la triste anécdota de la abuela que fue tres veces con el reloj de su abuela a la relojería para que le pusiesen una pila y funcionase, sin acordarse de ya había estado allí con el mismo asunto en días anteriores. ¡Qué pena llegar a eso, Dios nos libre!
Creo firmemente, como dice el Credo cristiano, que la felicidad no se consigue con el dinero, las creencias políticas o religiosas, la posición social, el prestigio o triunfo profesional, etc., aunque estoy de acuerdo en que ayudan bastante, sino que se sustenta en tener asegurado un entorno emocional y social de (pocas) personas que te quieran y te estimen (y te lo demuestran día a día), te amen, en definitiva, y que estén ahí para ayudarte y sentirte persona. Lo ha dicho un estudio reciente de la Universidad de Harvard, aunque es de Perogrullo. Yo añadiría que el estado de felicidad permanente no existe, cosa obvia por cierto, pero que sí se puede probar, sentir o incrementar sintiéndote útil a los demás, sirviendo en definitiva a tu prójimo, una idea filosófica y religiosa que lleva muchos años circulando por el mundo, incluso antes de que naciera el cristianismo, aunque se le haga poco caso, por desgracia.
Me voy dando cuenta que cada día que pasa mi memoria a corto plazo es más débil mientras que la de largo plazo me trae nítidos fotogramas y vivencias de mi niñez y adolescencia, ya tan lejanas.
Me está sucediendo como la ascidia o patata de mar que durante la etapa de larva es nómada hasta que encuentra el lugar en el que pasará el resto de su vida, fijada a una roca y filtrando agua para alimentarse. Una vez en su destino, se come su propio cerebro. Ya no lo necesita.
Nunca he pensado hacerme cargo de otro abuelo desde que enviudé, con sus manías y fobias, para amargarme la más bien poca vejez que me quede. Estoy de acuerdo en que la soledad forzosa y forzada es terrible, pero por amortiguarla no estoy dispuesta a entrar por todo. Como dicen ahora los jóvenes «Mi libertad es sagrada y no la cambio por nada ni por nadie».
Sevilla, 29 de enero de 2023.
Fernando Sánchez Resa


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