Obituario. MANUEL MARTÍNEZ MOLINA

Manuel Martínez Molina, un hombre bueno y generoso

No he escrito nunca un obituario. Hace unas horas me han dado una noticia de las que te marcan el alma y la memoria para siempre: “Manolo Martínez Molina ha fallecido esta mañana”. No puede ser, es la respuesta que brota de inmediato en mi interior. Pero, si habíamos hablado por teléfono hace pocas semanas; si estaba bien; si hace poco más de dos meses había superado con una entereza y un estoicismo dignos de admiración la tortura interminable de un herpes zoster; pero, si estaba lleno de vida; pero, si… No había escrito nunca antes un obituario y aquí estoy tratando de dar el último adiós a un hombre bueno, a un ser humano de una generosidad y lealtad sin límites, a un entrañable y cariñoso amigo.

En El libro de los réquiems, Mauricio Wiesenthal cuenta que en el cementerio protestante de Capri hay una tumba con estas palabras de Giuseppe Mazzini: “No existe la muerte, sólo existe el olvido”. Una frase rotunda que encierra una gran verdad: el final de nuestra existencia no lo certifica la muerte, sino el olvido. Nuestra existencia, no biológica sino biográfica, acaba definitivamente cuando el olvido borra hasta el más mínimo rastro de lo que fuimos. Y a la inversa, nuestra existencia depende de la memoria de los demás. De ahí que la memoria se convierta en un problema moral para los vivos, que adquieren la responsabilidad de hacer que sigan existiendo aquéllos que ya muertos consideran que deben sobrevivir.

En sus últimos años, Borges escribió un soneto (“Ya somos el olvido”) cuyo primer verso es brutal, tremendo, como un disparo en el centro de tu conciencia: “Ya somos el olvido que seremos”. Todos estamos condenados a ser olvido y polvo, sí; pero la memoria puede neutralizar ese olvido. Nuestra memoria, como personas generosas y agradecidas, tiene la potestad y el deber de convertir en inmortales a sus seres queridos.

Amigo Manolo, nunca te olvidaremos.

EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)

Una historia vivida y narrada en primera persona

A Manolo Gordillo y a Santos Ortega, In Memoriam

Los orígenes

Mi memoria me lleva a una tarde soleada del otoño de 1963. Los alumnos de la Segunda División nos encontramos en la sala de estudio a punto de salir al recreo de la tarde, el más largo, el que nos permite hacer montones de cosas, desde merendar a jugar partidos completos de fútbol, de balonvolea (todavía no se decía voleibol), de baloncesto o, más emocionante (y arriesgado) todavía, fumarnos un cigarrillo a escondidas por alguno de los infinitos rincones de nuestro territorio. Pero aún faltan unos minutos para las 6. El estudio no ha terminado todavía. Todo el edificio de Magisterio continúa envuelto en un silencio absoluto (podría decir “sepulcral”, pero no me gusta esa palabra). De repente, unos potentes acordes de guitarra eléctrica desgarran con violencia el manto casi sagrado de quietud que nos envuelve a todos y a todo. Como resortes, nuestras cabezas se levantan y con ojos de sorpresa nos miramos. Nadie dice nada, está terminantemente prohibido hablar, pero en nuestro interior saltan numerosas preguntas: ¡¿lo que suena es una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién tiene en el Colegio una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién la está tocando?! La guitarra no deja de sonar y sus acordes han interrumpido definitivamente nuestro estudio. Faltan muy pocos minutos para la hora de salida que a mí se me hacen eternos. Al fin, el inspector da permiso para salir.

Corro por el largo pasillo y bajo los escalones de dos en dos, de tres en tres. Estoy seguro de que la guitarra la están tocando en la “Sala de música”, la que posteriormente pasó a llamarse “Sala de televisión”. Sin dudarlo un instante, abro la puerta y, sí, al fondo a la izquierda, junto a los armarios de los instrumentos de cuerda, varios alumnos de la Primera están tocando unas guitarras y una de ellas es eléctrica. ¡Una guitarra eléctrica de verdad! De la noche a la mañana, habíamos pasado de tener una colección de instrumentos tradicionales de cuerda formada por guitarras, bandurrias, laúdes, algún que otro violín y un piano, a contar con una guitarra eléctrica. ¡No podía creerme lo que estaba viendo y oyendo! ¡Porque yo nunca había visto una guitarra eléctrica, sólo las conocía de verlas en fotografías! La emoción me ahogaba. ¡Qué sonido! ¡Qué maravilla! Sonaba como en los discos que el P. Navarrete nos ponía de Al Caiola con aquel sonido memorable de “Apache” que nosotros intentábamos imitar con la boca. (Años después descubrí que la canción instrumental “Apache” la había compuesto el británico Jerry Lordan en 1960 y que también aquel mismo año apareció la mejor y más conocida versión a cargo de Los Shadows; con ello quiero decir que Al Caiola no era el autor, como creíamos entonces). Continuar leyendo «EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)»

Reflexiones en torno a “volver al Colegio” o acerca de la recóndita necesidad de “volver a casa”

José María Ruiz Vargas
(Magisterio – Promoción 1958/1966)
(Una primera versión de estas “Reflexiones” fue presentada en la Reunión de AA. AA. de Magisterio celebrada en la SAFA en Septiembre de 2002 y publicada, posteriormente, en la revista Tanteos. Época III en Diciembre del mismo año)
Voy a empezar revelándoos un pequeño secreto: cada vez que decido escribir algo sobre mi estancia en “nuestro” internado de Úbeda (pequeños relatos que nunca ven la luz), lo primero que hago es poner música de aquellos años (en este momento, en el CD de mi ordenador cantan Los Sirex, y después le seguirán Los Mustang, Los Brincos, Los Teen Tops… Lanzo un pequeño guiño a Manolo Valenzuela, Miguel Laserna, Juan Bote, Juan Herrera, José María Berzosa, Javier…, y un recuerdo muy sentido a Santos Ortega y Manolo Gordillo ya desaparecidos, compañeros todos ellos del Conjunto SAFA en distintos años). Estaréis de acuerdo conmigo en que hay pocas claves de recuperación de recuerdos tan potentes como las canciones que forman parte de “nuestra época” (los olores serían comparables en eficacia a las claves musicales). Reconozco que esto es jugar con ventaja, pero, bueno, ello forma parte de lo que yo llamo “hacer trampas legítimas”. Una última confesión antes de entrar en materia: a veces, esta música me evoca tantísimos y tan intensos recuerdos que la previsible ayuda inicial acaba convirtiéndose en un elemento perturbador (inundado por tantas emociones soy incapaz de escribir algo coherente). En este preciso instante suena “Que se mueran los feos”… Trago saliva y me asalta la duda de si resistiré todo el disco. Seguiremos informando.
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